SEBASTIÁN
Fruncí el ceño en cuanto entré en mi ático y vi la mesa del comedor perfectamente arreglada, como sacada de una revista de lujo, con velas, flores y una cena completa preparada por un chef profesional. La iluminación tenue, el vino caro e incluso la música de fondo dejaban claro que no se trataba de una cena cualquiera, y ni siquiera necesitaba adivinar quién estaba detrás de todo.
Solté un largo suspiro y me pasé la mano por el pelo, sintiendo ya el dolor de cabeza que se me formaba