BARBARA
«Debe venir del padre», añadió, y esas palabras no solo resonaron en mis oídos, sino que se clavaron en mi corazón como un golpe seco y pesado. Sentí que mis rodillas flaqueaban por un instante, y si la enfermera no hubiera estado lo suficientemente cerca, podría haberme desmayado allí mismo, frente a la incubadora.
Negué con la cabeza lentamente, mientras las lágrimas caían con más fuerza al intentar asimilar lo que el doctor acababa de decir. «No… no…» susurré, con la voz temblorosa,