13. HECHIZO MALDITO
ISABELLA
Jamás me había vestido tan rápido en mi vida.
Salí de esa habitación saturada en intensas feromonas y corrí por los pasillos.
Si alguien vio mi ropa estrujada, el cabello revuelto y la expresión asustada, como perseguida por el destripador, ni siquiera reparé en ellos.
Thera olfateó el camino de regreso y entré en mi dormitorio como quien había encontrado un refugio a salvo.
Pasé por la salita de largo.
Kiara estaba en el baño, escuché el sonido de la ducha y el canto ridículo que tarareaba.
Me colé en mi habitación y cerré la puerta, sumergiéndome en la oscuridad.
Mis pupilas dilatadas, el pecho subía y bajaba con una rapidez alarmante y el retumbar del corazón repercutía en mis oídos.
Quise apoyar la espalda a la madera y otro siseo doloroso escapó de mis labios.
Dolía, maldición.
Caminé hacia la mesita y prendí la tenue luz de la lamparita.
Me quité la sudadera y, cuando miré en el espejo, vi la sangre de la espalda manchando la camiseta.
Mis muñe