47.

A mis quince años quería morir, no tenía fuerza para nada más. Y cuando abrí los ojos, estaba en una clínica de reposo, dopada con medicamentos; mis padres me regañaban y me culpaban por la desgracia que pasaba nuestra familia. Pero ya nada me importaba. Mis piernas estaban llenas de cicatrices que yo misma me había infringido. Mis hermanos me observaban en silencio, como si se tratase de un animal extraño que nunca habían

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