Katy se levantó temprano al día siguiente y se encerró en su estudio hasta casi el mediodía.
—¡Aleluya! —exclamó, saltando de su escritorio después de guardar el manuscrito en un gran sobre marrón. Nunca se había sentido más aliviada de terminar un artículo. Ahora, podría manejar con más eficacia a Bill Brown.
Pasó sus dedos por su largo cabello, se aseguró de que no tuviera ningún enredo, y lo enroscó con rapidez en su habitual y práctico recogido. Katy abandonó el estudio y salió de la ca