—Oh, Carl, estoy tan contenta de que estés aquí. —Eliza se arrojó a sus brazos en cuanto lo vio. Era inusual que mostrara ese tipo de necesidad. Ella no era del tipo que solía abrazarse a nadie, de modo que sabía que estaba mal.
La apretó contra su pecho, pero la diferencia entre consolar a Eliza y abrazar a Angeline fue inmediata. Nada se movía en él, excepto la preocupación. Nada lo impulsaba a abrazarla más fuerte o a besarla. Simplemente le frotaba la espalda y murmuraba inanidades, inútile