Cuando despertó, no tenía ni la menor idea de cuánto tiempo llevaba inconsciente, lo único que sabía era que un fuerte dolor de cabeza atravesaba sus sienes.
Amaya abrió un poco más los ojos, reconociendo la habitación: las paredes de un tono celeste, la intensa luz blanca, y… en el fondo un par de ojos marrones que conocía a la perfección. Era Ben.
Amaya le sonrió.
Pero de repente el recuerdo del abogado y la citación, la hizo gemir en medio de una punzada que no solamente sacudió su cabeza,