557. La sostenés con impulso.
El silencio pesa.
Su “elegime” todavía vibra en mi oído cuando siento la respiración del otro a mi espalda. Estoy en el centro. Literalmente.
Y esta vez no retrocedo.
Levanto la mano y aparto con suavidad la que él mantiene suspendida frente a mi rostro. No con rechazo. Con control.
—No compitan por mí como si fuera un trofeo —digo en voz baja—. Si quieren algo, van a tener que sostenerme de frente.
Sus miradas chocan sobre mi cabeza. La tensión es eléctrica.
El primero —el que ya conoce mi cue