341. Cuando el fuego aprende mi nombre.
Él lo percibe.
Lo siente.
—Estás recordando —murmura, acercando su frente a la mía sin rozarla, como si ese gesto fuese un ritual—. No luches contra ello.
Las palabras me estremecen.
No sé si estoy lista para recordar.
No sé si sobreviviré a lo que sea que fui para él.
Pero tampoco puedo detener el impulso que me empuja a inclinarme hacia él, a permitir que su calor me envuelva, a aceptar que cada centímetro de su forma renacida parece hecho para atraerme.
Cuando finalmente posa su mano —su fu