CAPÍTULO 1: LA BENDICIÓN DE NÁCAR
El silencio en la habitación principal de los Jardines Montrose no era de paz, sino de opresión. Era ese tipo de silencio que precede a las tormentas que arrancan los árboles de raíz. Me quedé inmóvil frente al gran ventanal, observando cómo la luna se filtraba entre las cortinas de terciopelo, iluminando mis manos. Unas manos que, durante años, habían forjado la grandeza de un hombre que ahora se disponía a degollar mi dignidad.
Yo tenía un secreto, uno que cargaba como una corona de espinas. Antes de cumplir los treinta años, pertenecía a una estirpe olvidada: las Lágrimas de Luna. Cada mil veces que hacía el amor con un hombre, entregando no solo el cuerpo sino la esencia, mi alma destilaba una única lágrima. Pero no era agua salada. Era una perla de nácar puro, un receptáculo de magia antigua capaz de torcer el destino.
Cada perla podía conceder un deseo absoluto para el hombre que poseyera mi marca.
Valerius, mi Alpha, lo sabía. Oh, lo sabía mejo