Sede de la Comandancia Militar. 24 horas después del escándalo.
Alaric Stark estaba sentado en la oscuridad de su oficina. El resplandor de las pantallas mostraba los titulares de la mañana: “La caída de la Dinastía Von Brandt”, “Escándalo médico y estético en la élite de Miami”. Su carrera política pendía de un hilo, pero lo que realmente lo estaba volviendo loco no era la prensa, sino el dolor en su muñeca derecha.
Miró las marcas lívidas que los dedos de Elena habían dejado la noche anterior. No era posible. Una mujer no podía tener esa fuerza. A menos que...
—General —interrumpió su jefe de inteligencia, entrando sin llamar—. Hemos analizado los restos del laboratorio de Nova-Med en Odessa y los registros de la clínica Le Mirroir. No hay duda.
Alaric levantó la vista, sus ojos inyectados en sangre.
—Dilo.
—La tecnología utilizada para neutralizar a la Sra. Von Brandt y para interceptar el virus es de origen ruso, específicamente del complejo militar-industrial de San Petersburgo.