El sol de la Toscana se filtraba entre las hojas de los olivos, bañando la pequeña villa de piedra en un tono dorado que parecía sacado de un sueño. Para el resto del mundo, la mujer que caminaba por la terraza con un vestido de lino blanco y el cabello castaño claro era Isabella Moretti, una joven viuda que buscaba paz en el campo italiano.
Para mí, cada mañana al despertar seguía siendo una victoria contra la muerte. Me toqué el vientre, ahora una curva prominente y firme. Siete meses. Mi hijo, el heredero de un imperio en ruinas, pateaba con fuerza, como si compartiera la urgencia de su madre por vivir.
—La leche está caliente, Isabella —dijo mi madre, saliendo de la cocina.
Elena había cambiado. El miedo constante que la encogía en la mansión Valerón había sido reemplazado por una serenidad cautelosa. Aquí, nadie sabía quiénes éramos. El mundo creía que Alessia Blackmore y su madre habían perecido en el incendio del Hotel Ritz o que habían sido borradas por los Petrov esa misma no