—¿Estás loca?
—Tú eres el más loco. —Celia rio con desenfado—. Quieres encerrarme, ¿no? Te estoy obedeciendo.
Cuando su mano la cubrió, los músculos de César se tensionaron. Ella temblaba cada vez más fuerte, mientras él, de su inicial indiferencia, pasó a controlar sus manos, inmovilizándolas contra su pecho.
—No hagas más berrinches, ¿de acuerdo? —murmuró entre dientes, aguantando.
Celia respondió sin fuerzas:
—Fuiste tú quien me encerró, ignorando la verdad. Me trataste como un animal, dejánd