Las palabras de Andrés sonaban serias, pero sus ojos al mirar a Sonia no mostraban ninguna emoción.
Solo había... frialdad.
Era la mirada de una bestia evaluando a su presa, y el desprecio de alguien en el poder hacia quienes están bajo sus pies.
¡El cuerpo de Sonia tembló involuntariamente!
Él había fingido demasiado tiempo frente a ella.
Así que hasta este momento, Sonia recordó: él no era un perro dócil, sino un lobo sediento de sangre y carne.
Pero Sonia se recuperó rápidamente:
—Andrés, com