Era como si sus almas se hubieran fundido en una sola.
Los vecinos ya se habían mudado, pero aun así Sonia intentaba contener su voz, y cuando no podía más, mordía el cuello de Andrés. Él no se quejaba del dolor; después de que ella dejara las marcas de sus dientes, le sujetaba el mentón y la besaba en los labios.
La habitación seguía en penumbras, y vagamente se podían oír los fuegos artificiales desde la ventana. Entre ellos se mezcló el sonido agudo de un teléfono.
Sonia también lo oyó y lo e