Adira estaba en el jardín del este cuando llegamos.
No estaba sentada, ni de pie junto al muro. Se movía por el jardín con el movimiento atento y específico de alguien que se familiariza con un espacio del que sabía desde hacía mucho tiempo, pero con el que se encontraba en persona por primera vez. Se detuvo cuando nos oyó en el sendero.
Se dio la vuelta.
Me miró a mí primero.
Luego a Ricardo.
Después al recinto.
—Es más pequeño de lo que esperaba —dijo.
—El archivo lo describe en términos de s