Capítulo ocho

El pueblo no se sentía vivo.

Respiraba, sí. La gente se movía, las voces se escuchaban, y el humo se elevaba débilmente desde algunas casas que aún permanecían en pie. Pero había algo… mal.

Como si ya estuviera roto.

Avanzamos con cuidado entre lo que quedaba, mis ojos deteniéndose en detalles que no podía ignorar. Madera quemada. Techos derrumbados. Suelo enneg

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