Capítulo 34. Perdóname.
Escucho ruidos a mi alrededor, pero no logro enfocar bien la mirada, me duele hasta el alma. Distingo una sombra que se viene encima de mí y me asusto.
—Tranquila señora —escucho a lo lejos —. Somos de defensa civil, ¿puede hablar?
No, no crea que pueda mover un solo músculo de mi cuerpo.
Poco a poco voy recobrando la conciencia y todo lo sucedido. El paramédico me alumbra los ojos, y me estremezco, los cierro y siento como si me fuese de lado.
—Castro, ayúdame a sacarla —ordena la persona que