73. Dolor
Cássio
Ese día no podía empeorar.
Pero empeoró.
Estaba de pie en el cuarto, mirando a Branca acostada en mi cama, demasiado inmóvil, demasiado silenciosa, y la sensación era que el suelo se había hundido bajo mis pies sin aviso.
Solo quería desahogarme.
Confíaba en ella para eso. Confiaba porque, en algún punto de todo este caos, ella se había convertido en mi lugar seguro. La persona delante de la cual no necesitaba ser juez, ni padre impecable, ni hombre inquebrantable.
Solo olvidé un detalle