42. El juicio
Cássio Ravelli
Me abotoné la camisa por tercera vez.
No porque estuviera torcida, sino porque mi cabeza no estaba donde debía. La corbata ya estaba en su lugar, el saco alineado sobre la silla, el chaleco antibalas ajustado bajo la tela, un hábito antiguo, casi automático. Aun así, nada parecía anclarme al presente.
Era el cuerpo de ella.
El olor. La forma en que me miró la noche anterior. El peso de ese deseo sin resolver martilleaba mi concentración con una insistencia irritante. Me mordí el