*Isabella*
No fui sensata, sino hasta después, de saber que mis palabras y preguntas jamás tendrían respuestas. Fui una tonta al suponer que ellos me aceptarían de nuevo cuando en realidad ya no pueden hacerlo, no ahora ni nunca. La presión dentro de mi pecho siguió creciendo y dejé salir las lágrimas, aquellas que por tantos años estuve reteniendo.
Hablé a unas lápidas, a unas frías y desoladas lápidas. Lo ínfimo fue el hecho de que terminé sentada sobre la nieve, acariciando el aterido mármo