El eco de sus respiraciones erráticas era el único sonido que se atrevía a quebrar el silencio monumental de la inmensa cocina de mármol. La tormenta había pasado, dejando a su paso un rastro de destrucción culinaria y un desorden físico que, irónicamente, se sentía como la pieza más perfecta que ambos hubieran construido jamás.
Aleksei mantenía su frente apoyada contra la de Valentina. Sus manos, que minutos antes la habían sujetado con una posesividad implacable, ahora descansaban a los lados