Las pesadas puertas de roble de la sala de juntas de Volkov-Tech se abrieron, revelando el campo de batalla de cristal y acero. El horizonte de Dubái se extendía a sus espaldas brillando bajo el sol abrasador, pero dentro de la estancia, la temperatura parecía haber descendido varios grados.
Aleksei Volkov avanzó con la postura de un monarca. Vestía un traje a medida en color carbón. A su lado, su mano grande envolvía firmemente la de Valentina Reyes. Ella caminaba con la cabeza alta, enfunda