Acompañé a Dante a su primer día como universitario, se había graduado con honores del Salesiano y estaba a punto de embarcase en su carrera como psicólogo. Mi hijo menor se había transformado en un jovencito bueno y dulce, caritativo y solidario; la natación le había dado un buen físico, delgado y atlético, y a sus diecisiete años lucía un orgulloso metro setenta. Mientras manejaba la Ford vi de reojo a mi hijo que miraba distraído por la ventana, observando el paisaje de la ciudad. Sus ojos o