Stefan entró a su penthouse con un caos interno que no podía disimular. Las luces de Manhattan brillaban a través de las ventanas de piso a techo, indiferentes, como si la ciudad no acabara de moverle el suelo bajo los pies.
Se quitó la chaqueta y la arrojó sobre el sofá de cuero italiano. Caminó directo al bar y se sirvió un whisky doble. Le quemó la garganta…
…pero no apagó la imagen.
El vestido azul.
Las manos de Cole en su espalda.
Y esa frase: “No me importa”.
Su teléfono vibró. Un mensaje