En el extremo noreste de Ciudad de Miller se alzaba una inmensa iglesia.
Era un típico edificio gótico, con varias altas agujas puntiagudas y la mayor parte de su estructura en un sombrío color negro, que le confería una atmósfera aterradora y austera.
En ese momento, en el sótano de la iglesia, yacían entre setenta u ochenta personas, gimiendo de agudo dolor.
Vestían impecables túnicas de la Iglesia del Sagrado Dragón de Fuego: algunos eran simples fieles, otros devotos piadosos, y había incl