Simón tenía nuevamente encendida la llama de energía psíquica en su cuerpo, y en su lanza brillaban grandes runas resplandecientes.
—Froilán, ni siquiera mereces de estar de pie en este mundo. Déjame acabarte de una buena vez y puedes descansar por fin en paz, — gritó Simón desesperadamente, sosteniendo su lanza y lanzándose hacia Froilán como un feroz rayo, blandiendo su arma en un golpe mortal.
La energía de la lanza, afilada como una filosa cuchilla, se dirigió directo hacia el gigantesco cue