—¡Roooaaar!
El gran dragón rugió con fuerza, y el líquido negro que cubría el cuerpo de Simón se endureció de inmediato. En ese preciso instante, explotó en miles de fragmentos, como si fueran pedazos de hielo que se desprendían de su cuerpo, cayendo al suelo donde, al contacto, volvieron a suavizarse y se reintegraron al líquido negro que lo rodeaba en su interior.
—¡Roooaaar!
—¡Roooaaar!
Una y otra vez, el dragón rugía con una intensidad que hacía vibrar el aire. Sus potentes rugidos lograron