—¡Argh!
Ricardo arrojó su bolso de trabajo sobre la cama. La bolsa se elevó por el aire durante un instante antes de caer al suelo. Chasqueó la lengua con fuerza; su mano izquierdo se hundió en su propio cabello, tirando de él, mientras la derecha descansaba sobre su cintura. Cerró los ojos, levantó la cabeza hacia el techo y exhaló con fuerza.
—¿No vas a cenar, hijo? —preguntó Romana desde la puerta, con medio cuerpo oculto tras el marco.
Ricardo volvió la cabeza hacia ella.
—No, mamá.
—¿Por q