El aire en la calle principal de San Lorenzo se volvió irrespirable. Las palabras de Vincenzo flotaban entre ambos como una sentencia de muerte. Carolina miró hacia las casas de adobe, donde varias familias atisban detrás de las cortinas con el miedo marcado en el rostro. Vio a Don Mateo, el anciano agricultor al que había atendido días atrás, observándola desde una esquina con los ojos llenos de angustia.
Si se negaba, Vincenzo no dudaría en cumplir su amenaza. Para él, destruir San Lorenz