El estruendo de los disparos dentro de la estructura de madera era ensordecedor. Las balas atravesaban las paredes como si fueran de papel, levantando astillas y una densa nube de polvo.
Carolina permaneció pegada al suelo, con la espalda contra el borde inferior de la cama. La adrenalina del tiroteo había cortado de golpe la neblina de tensión erótica de minutos antes, devolviéndole la lucidez con la fuerza de un jarro de agua helada. Se miró a sí misma: el vestido desgarrado, la respiración