~ NICOLÒ ~
El café que Dante me dio se enfrió completamente en mi mano sin que tomara ni un solo sorbo.
Me quedé ahí sentado, mirando el líquido oscuro y opaco, incapaz de hacer cualquier cosa más allá de esperar.
Esperar era tortura.
Cada minuto se arrastraba como una hora entera. Cada segundo pesando como plomo.
El reloj en la pared marcaba el paso del tiempo con tics audibles que parecían deliberadamente diseñados para enloquecer.
Tres horas.
Tres horas desde que llegué.
Cuatro horas