La clínica de fertilidad parecía más un spa lujoso que un consultorio médico. Paredes en tonos neutros, muebles modernos y una recepción que exudaba profesionalismo discreto —exactamente el tipo de lugar que inspiraba confianza, pero que también dejaba mis nervios a flor de piel. Sostuve la mano de Nate con más fuerza de la necesaria mientras esperábamos ser llamados, mi pierna balanceándose incesantemente en una demostración obvia de ansiedad.
—Va a estar todo bien —Nate susurró en mi oído, apretando mi mano de vuelta—. Es solo una consulta inicial.
—Lo sé —respondí, pero mi voz salió más aguda de lo normal—. Es que... ¿y si no funciona? ¿Y si es muy complicado? ¿Y si mi cuerpo no responde bien a las hormonas?
Antes de que Nate pudiera responder a mis preocupaciones en cascada, una enfermera apareció en la recepción llamando nuestros nombres. Seguimos por un pasillo silencioso hasta una sala amplia donde una mujer de mediana edad, cabello canoso recogido en un moño elegante y una s