La tercera semana de tratamiento estaba siendo particularmente brutal. Mi cuerpo parecía haber declarado guerra contra sí mismo —hinchazón en lugares que ni sabía que podían hincharse, cambios de humor que me hacían llorar viendo comerciales de papel higiénico, y una sensibilidad en los senos que hacía que hasta los abrazos fueran incómodos. Estaba acostada en el sofá de la sala, vistiendo un pantalón de sudadera holgado y una camiseta de Nate que se había convertido en mi uniforme en los días malos.
Ginger estaba siendo mi compañera fiel durante esta fase difícil. Era como si entendiera instintivamente que no estaba bien, porque no se apartaba de mi lado. Ahora estaba acostada en el piso al lado del sofá, ocasionalmente levantándose para lamer mis manos o apoyar la cabeza en mi rodilla con esos ojos expresivos que parecían decir "entiendo, está todo bien".
—Hola, linda —dijo Nate, apareciendo en la puerta de la sala con una bandeja en las manos—. Traje chocolate belga y té de manzan