Los días siguientes se arrastraron como una niebla gris y monótona. Mi apartamento se había convertido simultáneamente en mi refugio y mi prisión, un espacio donde podía procesar mis sentimientos confusos sin tener que fingir que estaba bien para el mundo exterior.
Nate enviaba mensajes regularmente. No eran mensajes desesperados o sofocantes; había encontrado un equilibrio delicado entre hacerse presente y darme el espacio que claramente necesitaba. A veces eran solo "Buenos días", otras veces