Encontré a Giuseppe en la bodega privada, un espacio casi sagrado de la mansión, reservado solo para las botellas más raras y especiales. La temperatura era cuidadosamente controlada, y el olor a madera antigua y vino envejecido creaba una atmósfera casi mística. Las paredes de piedra estaban cubiertas por estantes que albergaban botellas que valían más que autos de lujo —un testamento a la historia y tradición de los Bellucci.
Giuseppe estaba sentado en una silla antigua de cuero, admirando un