Milena se quedó allí, desnuda e inmóvil, sintiendo el silencio del dormitorio pesar más que cualquier palabra. Se agachó despacio, recogió la ropa del suelo y la apretó contra el pecho. Las lágrimas cayeron sin aviso, calientes, silenciosas. En su mirada había un vacío extraño, casi físico.
Se sentó en el borde de la cama, las rodillas juntas al cuerpo, intentando recuperar un poco de la cordura. No era solo deseo interrumpido. Era vergüenza. Confusión. Una sensación incómoda de estar en el l