Milena permaneció apoyada en la puerta, el cuerpo rígido, la respiración irregular. Al otro lado, la voz de Marcelo volvió a sonar, firme, controlada, pero cargada de algo que ella no supo identificar si era rabia o urgencia.
— ¡Este es mi dormitorio, Milena!— habló intentando que ella abriera.— En una hora tendrás que salir de ahí y escucharme.
Ella cerró los ojos. La mano aún sujetaba el picaporte, como si parte de ella estuviera lista para ceder. Pero luchó contra su propio miedo. Sabía