Marcelo levantó la copa de vino y la llevó a los labios sin mirarla. Tomó un sorbo demorado. Indiferente. Superior. Embriagadoramente frío. Para él, aquella mujer parecía completamente inexistente.
Pero ella no desistió. La mirada de ella se deslizó hasta Milena, lenta, evaluando cada detalle con crueldad. La sonrisa se curvó de forma mínima, peligrosa.
— Parece que has elegido a dedo a tu sustituta… — susurró al oído de Marcelo, lo bastante alto para que Milena oyera. — Mi amiga tiene razó