Dos semanas pasaron. La rutina de Milena entró en un ritmo difícil, pero previsible. Algunos días hacía las prácticas por la mañana, en otros asumía el turno de la tarde, siempre ajustando los horarios según las exigencias de la facultad y las visitas constantes al hospital. Entre una clase y otra, pasaba horas al lado del padre, acompañando exámenes, hablando con médicos y asegurándose de que estuviera bien.
Cuando no estaba en las prácticas, estaba estudiando. Cuando no estaba estudiando, e