El silencio sepulcral que siguió al estrépito de la puerta y al retiro de los guardias fue casi asfixiante, cargado de una tensión que pesaba más que el plomo. Alistair, con la armadura de combate abollada por los enfrentamientos previos y el rostro salpicado de gotas de sangre ajena que comenzaban a secarse, se quedó inmóvil en el centro de la habitación. Su respiración era pesada, errática, como si cada bocanada de aire le quemara los pulmones al entrar. Al ver a Elowen allí, tratando de cubr