Ambos entraron a la tienda y, de inmediato, el personal del lugar los abordó para atenderlos.
— ¡Buenas tardes, señor Scott, los estábamos esperando! — Dijo una mujer enjuta de rostro severo y estilo sobrio y elegante, que llevaba una cinta métrica en la mano y un alfiletero de pulsera en la muñeca — ¡Pasen por aquí, hemos preparado una sala privada solo para su prometida!
—¡Señor, Scott! Bienvenido, y usted también, señorita… — buscando en su mente el nombre de la chica.
— Santa Cruz, Lara Sa