Emma no podía dejar de temblar. Unos estremecimientos la sacudían al recordar las manos sucias y pegajosas de Maurice manoseándola por todas partes. Su piel sudorosa y grasienta presionaba contra la de ella, su aliento agrio y rancio, el hedor de su piel... todo eso la envolvía y le daban ganas de vomitar. Era repugnante, por dentro y por fuera.
Will la sentó en el asiento del copiloto de su coche. Su chaqueta de traje la envolvía y ella se aferró a ella como a un escudo. Aún así, seguía bastan