La última esperanza de Emma se desvaneció con esa llamada telefónica. Su agresor siguió atacándola. Le agarró los pechos con tocamientos bruscos, y ella no dejaba de dar patadas y gritar debajo de él. Su boca recorría su cuello con besos babosos y descuidados y mordiscos.
«Qué piel tan suave», comentó él. «Y tus pechos son perfectos.
Bonitos y jóvenes. Justo como me gustan». Intentó meterse uno en la boca, pero Emma se retorció y luchó contra él. Con las piernas liberadas, se impulsó hacia arri