Durante los cuatro días siguientes a lo de Alexandra Vance, me repetí el mismo mantra cincuenta veces por mañana frente al espejo del baño: «Es solo falta de sexo. Estás confundida. Es un hombre guapo, rico y te tiene las hormonas alborotadas con ese perfume. Nada más».
Tenía que convencerme de que ese ardor en el pecho no era otra cosa que pura atracción física. Necesitaba que fuera eso. Porque si admitía que me estaba enamorando del esposo de la mujer que me pagaba, el abismo bajo mis pies