La bolsa de guisantes congelados que la señora Higgins consiguió en la cocina corporativa no era exactamente el tratamiento médico más glamuroso del mundo, pero cumplía su función.
Nathaniel estaba sentado en el sofá de su despacho, presionándola contra los nudillos enrojecidos, mientras yo flexionaba los dedos de mi mano derecha con una dignidad bastante discutible.
La puerta permanecía abierta, siguiendo su política de conservar las apariencias profesionales.
Porque, aparentemente, podíamos g