La delegación internacional de inversores había llegado a última hora de la tarde, pero el verdadero problema no era la firma del acuerdo de cincuenta millones de dólares. El problema era Alexandra Vance.
Alexandra era una heredera inmobiliaria de Miami, rubia, despampanante y perfectamente consciente del impacto que causaba. Llevaba un vestido ajustado de color rojo pasión con un escote que rozaba lo peligroso y una confianza que rozaba la arrogancia. Y, desde el momento en que pisó la ofi