Justo cuando el roce de sus labios rozaba la promesa de un incendio, el estruendo de la puerta principal del despacho al cerrarse de golpe cortó el aire como un hachazo.
—¡Nathaniel! Los de la constructora están abajo —resonó la voz de uno de los socios desde la oficina.
El hechizo se rompió en un milisegundo. Nathaniel retrocedió de golpe, soltándome la barbilla como si mi piel quemara. Su rostro era la imagen viva de la conmoción y la culpa. Aclaró su garganta, se ajustó la camisa con man