Joseph, que ya no estaba en la flor de la juventud, aulló de agonía cuando las implacables patadas de Nathaniel lo golpearon.
—¡Ayuda, ayuda!
Sin embargo, la ayuda siguió siendo difícil de alcanzar. Los secuaces de Nathaniel habían tomado el control del local y el personal de la casa no se atrevía a hacer ningún movimiento. Después de desahogar su furia y agotar sus fuerzas, Nathaniel finalmente detuvo su asalto.
Eloise permaneció sentada en un silencio estoico, atendiendo sus heridas fac