Claudia miró de arriba hacia abajo al hombre que tenía frente a ella, levantó una ceja y cruzándose de brazos respondió de manera altanera:
—¿No lo ve? Estoy saliendo de aquí, me voy a mi casa.
Orazio comenzó a reír, e hizo señas al guardia para que la llevara dentro de la habitación.
—¡Suéltame!, ¡déjame ir! —Gritaba ella mientras el guardia la arrastraba dentro.
Orazio rio más fuerte y Claudia trató de llegar a él para hacerlo callar. Sus uñas casi lograron su objetivo de alcanzar su rostro,